Nuestras narrativas

Nuestras narrativas es el espacio nostálgico a veces, pero liberador la mayoría de ellas. Hemos reconocido que se trata de escuchar también a las personas adultas que trabajan con chicos y chicas todos los días; que se atragantan de injusticias, y con la lapicera o el teclado como mejor anti- ácido intentan ponerle palabras a esa urdimbre de sensaciones, para verlas, para desentrañarlas. Escribir ayuda a compartir, a despejarnos, recuperar la mirada de niño/ a o joven y seguir abriendo caminos en pos del bien común, ese al que llegamos en colectivo.


 

EL AGUA/AULA TIENE MOVIMIENTO.

Y los desafíos también.

Por Lic. María Emilia Tassano1

 

Tengo un alumno que me desafía. Él tiene 11 años y yo casi 40. Quinto grado, a mí me toca el rol docente y él me está midiendo. Hace caer sus párpados, achica los ojos y siento el milímetro en cada palabra que digo o en cada gesto. Me mira casi por encima del hombro, lo veo tomar distancia y disponerse al ataque.

 

Yo también lo mido, a veces me adelanto y le corto el juego antes, pero tantas otras él consigue sembrar la negativa y el disturbio se desparrama como petróleo en el mar y la clase se espesa y me pongo oscura. Siento que así no se puede, que no hay salida, me enojo o me distancio pensando también en los derechos del niño desde una concepción a la ligera de “niño-sujeto autónomo que decide no interesarse por "mi" materia”. Le digo que si sigue molestando se va a tener que ir del aula a hablar con la directora de la escuela.

 

Pasan los minutos, la clase sigue como se puede, a pesar de él y de mí. Pero ni bien salgo me doy cuenta que no es ni con el enojo ni una mera contemplación, sujeto y objeto no se juegan en un capricho. Y cómo soy capaz de ¿¡echarlo del aula!? El arquetipo docente escolarizado ¡funciona! Y está vivo en mí. Me amargo. Sé fehacientemente que tampoco es por ahí. No es ese el camino educativo que busco, que pretendo, que me interesa. Pero ¿cómo hago?

 

Recapitulo, veo a un niño que demanda atención aunque sea desde la incomodidad propia y ajena. De acuerdo. También tengo presente una escena, como estrella fugaz, de unos de estos días.

 

Después de saludar, leer un cuento dar una consigna dije “bueno, escriban”. Y él, por supuesto, sacó un dibujo gigante y me lo mostró: “mirá seño”. Yo, rápida y desprevenidamente le respondí: ”me gusta el agua, tiene movimiento”.

 

Y seguí pero algo se detuvo. Me di cuenta. Él se sorprendió, no era la respuesta que esperaba. Fue quizás un segundo o menos, inhalé esa quietud y reconocí que él ya había cambiado su actitud. Al instante se ocupó de la tarea. Ese día no hubo más miradas ni medidas, tan así fue el asunto que cuando me iba “viste seño, ¡qué bien trabajamos hoy!”. “sí claro!”, respondí. Y tomé nota de su expresión y de la mía.

 

Me fui contenta y satisfecha. Hasta la clase siguiente, en la que comprobé, que tenía que volver a remar. Había sido sólo un hiato, una pausa, una parada, un vacío de lo anterior, pero de ninguna manera es eterno. El aula era más bien como el agua. Esa agua, la de ese dibujo, la que tiene movimiento. El agua/aula tiene movimiento y los desafíos también.

 

Y ahí estaba/estábamos en el aula otra vez. En otra clase pero como cada vez con el desafío de encontrar esos remansos en los que lo educativo sea posible en su sentido más pleno y no como un tire y afloje entre poder y ceder.

 

   


1. Lic. En Comunicación Social, FPy CS, UNLP. Maestranda en DDHH y becaria del IDN, ambas de la FCJyS, UNLP. Docente de Comunicación en quinto y sexto grado en una escuela primaria.

 

 

 


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